Voy a tener que hacer un alto obligado en mi avance con el libro “Documentos para la Historia de Honduras”, ya que prefiero trabajar mejor los resúmenes que les quiero compartir para que todos disfrutemos mejor su contenido. Así que, mientras llega el momento de reiniciar su proceso, tomo la siguiente historia del libro de doña Leticia de Oyuela, “Ramón Rosa: Plenitudes y desengaños”:

La Tegucigalpa de finales del siglo XIX, se caracterizaba por grupos de casas primorosamente blanqueadas, agrupadas en derredor de los tres conventos: la parroquia antigua en la que el Señor San Miguel aún le disputaba al demonio las almas de los habitantes -en perpetuo pecado. Más que una villa de calles definidas, eran pequeñas aglomeraciones, destacándose la placita central donde los días de fiesta se instalaban los chinamos, timbiriches y comerciantes, quienes colocaban sus pobres mercaderías en rústicas mesas. En la calle del comercio, que una población de ingenio pronto rebautizó con el nombre de “mentidero”, se agrupaban los chismosos y desocupados vecinos. En el ángulo opuesto a la parroquia se destacaba la bella casa de don Antonio Tranquilino de la Rosa, con salón dorado que ocasionalmente se prestaba para los más importantes acontecimientos políticos.

Más allá, en la Plaza de la Merced, justamente en el ángulo que formaba el conjunto del que fuera convento y la “nueva” capilla, se elevaba la casa del minero don Marco Soto, ocupada ahora por su hijo Máximo. En ella, Juan José Soto tenía en la planta baja la tienda donde compraba los pocos restos de la plata “copella” que obtenían los independientes “guirises”, quienes arriesgaban sus vidas al extraer argentinos restos de las peligrosas minas inundadas.

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El poblado obtuvo el título de Villa, gracias a su riqueza mineral. Después, obtuvo el título de ciudad y su ayuntamiento el calificativo de patriótico, por su comportamiento frente a las ideas de la Independencia. Aquella semilla de libertad -sembrada por ciertos líderes de la Iglesia- había sido la culpable de su propia decadencia. El decreto de expropiación de los bienes religiosos y la extinción de las comunidades, unido al terremoto de 1809, había dejado rastros de abandono en la cara de la ciudad. La parroquia de San Miguel estaba cerrada por la siniestra grieta del arco toral. La ciudad tenía un aire triste y soñoliento. Las intrigas, que proporcionaban una versión maniqueísta del mundo, habían hecho que se perdiera no solo la visión colectiva, sino la esperanza de días mejores.

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Hacía apenas trece años que había pasado el “año del polvo”, cuando la población de la modesta ciudad vio cubrirse el cielo de nubes negras que borraron el sol y un estrépito sordo, como el de un cañón, hizo temblar la tierra. El gobierno central, radicado en Comayagua, exigió un informe para detener el pánico del púbico. En Tegucigalpa, un joven sacerdote explicó, desde el púlpito, que no se trataba del fin del tiempo, sino que era la erupción del volcán Cosigüina.

En la Casa de Rescate vivía la joven hija de don León Rosa y de Mariana de Jesús Sevilla, quien arrullaba un niño que había tenido fuera del matrimonio con el joven Juan José Soto: Don Ramón Rosa.

Y ahora, usted también lo sabe.


Una Respuesta a “Así lucía el centro en los 1800, muy interesante”

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