Para pararle el corazón a cualquiera es una expresión que he escuchado muchas veces alrededor de la Cuesta Lempira, una pendiente que, calculando un poco, podría superar los 50 grados de inclinación; no sé la verdad, pero lo que si sé es que infunde mucho respeto y a algunos les infunde terror…

Foto de Casco Histórico del Distrito Central

Pues, a mi en lo particular no me infundió nunca temor, quizá porque mi infancia se vio relacionada íntimamente con la cuesta porque la casa de mi abuela era la segunda viniendo de abajo hacía arriba. Un poco más abajo y de forma transversal está la calle La Fuente, la cual era el centro de reunión de lo que en mi casa llamaban “La Pacotilla de Cipotes”.

Lo previo no significa que la cuesta no haya sido de cuidado, en realidad lo era y es, especialmente en aquellos tiempos cuando los frenos de los carros eran rústicos en comparación a las tecnologías actuales. A cada rato se escuchaban gritos de pedidos de ayuda de pasajeros de carros de todo tipo que venían “desmadrados” desde arriba. Los que tenían la suerte de llevar un buen conductor y además suerte, suerte, seguían camino abajo y lograban detenerse, habiendo pasado al antiguo María Auxiliadora.

Los que no, simplemente se estrellaban en la esquina de una institución alemana que quedaba en la primera esquina izquierda bajando la cuesta.

Era realmente un reto, especialmente de los aprendices que eran obligados por sus “maestros de manejo” a subir la cuesta, y a la mitad les obligaban a parar y a reanudar la marcha, una técnica que siempre me pareció equivalente a jugar la ruleta rusa porque muchos nunca lograban terminar de hacer la maniobra y concluían su tarde de manejo en la esquina de los alemanes.

Foto de Tito Asfura

Los de “La Pacotilla” eramos individuos de todo tipo que podría considerar “normales”, pero había uno de los amigos a quien apodábamos “Piraña” que era precisamente eso: cuando se trataba de comer, era impresionante como se volaba una bolsa entera de pan blanco de las que vendían en la Gerlero, así no más, sin nada, ni fresco siquiera, una maquina de masticar. Pues a saber a quien de los amigos de La Pacotilla se le ocurrió retar a Piraña para que fuera a la parte superior de la cuesta, se acostara y se dejara venir rodando por toda la cuesta hasta donde inicia, mi sorpresa fue escucharlo decir, ¡Eh, claro que lo hago pero si me dan una bolsa de semitas!…

Algo parecido, rodando sobre su propio eje pero sin grama, en el mero pavimento

Ante la respuesta condicionada de La Piraña, todos los demás solo nos quedamos viendo y de inmediato metimos la mano en los bolsillos para ajustar la bolsa de semitas. Ajustando, ajustando, lo logramos y le dijimos a La Piraña que lo esperaríamos abajo, y así fue, caminamos cuesta abajo, socando que no viniera ningún carro para que el loco aquel hiciera su proeza.

Al estar abajo de la cuesta y ante nuestro asombro, vimos como aquel tipo venia rodando sin parar desde la mera cima de la cuesta; gritaba como loco, nosotros reíamos y gritábamos de igual forma celebrando la proeza, pero algo que ninguno había pensado (incluyendo a La Piraña) era como se iba a detener sin que sufriera daños.

A media cuesta tomó un ángulo y fue a pegar al bordillo, nosotros le gritamos que el pacto era hasta el principio y no le quedó más que reanudar su giro. Al llegar donde nosotros estábamos no se paró y llegó como unos cinco metros sobre “lo plano”. Todos corrimos y escuchamos a La Piraña llorar, maldiciéndonos y gritando que estaba mareado, pero al segundo pidió el pisto para la bolsa de semitas.

Esa proeza le hizo famoso con mis primos mayores quienes un tiempo más tarde le pagaron el valor de la bolsa de semitas antes que La Piraña hiciera de nuevo su rodaje, y ese fue su error porque él se fue con el pisto y no regresó hasta semanas después de Carpintero de donde era su padre.


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