¿Cuáles son los sonidos de nuestro centro histórico, cuyas resonancias alcanzan hasta los más remotos medios informáticos? Me pregunto, ¿qué canción recuerdan los turistas al visitarnos?…¿qué notas, ya sean punzantes o delicadas, las que caracterizarán el espacio público hondureño?. Se nos hace indispensable definir la musicalidad del patrimonio, y aún más importante, la musicalidad del tapiz cotidiano. Si pensamos retomar la composición de nuestro destino, tal vez lo auspicioso sería encargarle a los expertos algunas estrofas, de eso se trata, y el Maestro Segisfredo Infante nos da su óptica sobre “Los ruidos en la plaza central de Tegucigalpa”, en éste artículo de La Tribuna.


Todos los turistas cultos de cualquier parte del mundo, buscan conocer la plaza central de la ciudad principal que se trata de identificar, con lo que se desea percibir, además, el nivel cultural de los “nativos” y “aquerenciados” de tal o cual país. Las experiencias son múltiples al respecto. Si los visitantes llegan con prejuicios terminan por confirmarlos o por cambiarlos, según sea la mala o la buena impresión de las primeras horas. O según la conducta de los “nativos”. Nosotros mismos hemos experimentado sensaciones de alegría, de tristeza o incluso de estupefacción, ante la belleza innegable de las arquitecturas, jardines y esculturas; o quizás frente a las ruinas de los sitios históricos de algunas ciudades principales y secundarias del planeta. Pero lo que hoy por hoy nos interesa, es hablar de Tegucigalpa, la ciudad de nuestra niñez, adolescencia y madurez.

La plaza central de Tegucigalpa ha exhibido, en el curso de varias décadas, de acuerdo con las fotografías (en blanco y negro) que hemos observado, una serie de modificaciones sustanciales y superficiales que muy poco han cambiado el tamaño y el contenido de la misma. Desde hace algún tiempo se le llama “Plaza Francisco Morazán”, en homenaje a la estatua morazánica que unas veces ha mirado hacia el sur y otras veces hacia el norte, en consonancia con el gusto transitorio de las autoridades edilicias. Pero la mayoría de nuestros parroquianos le continúan llamando simplemente “Parque Central”. Es cuestión de costumbres, tradiciones o automatismos del lenguaje. Nosotros conocimos la plaza central cuando era más pequeña y la estatua de Morazán miraba hacia el Palacio Legislativo, y hacia el río Grande o Choluteca. Era una plaza de parroquianos tranquilos, con una bonita iglesia catedral de la segunda mitad del siglo dieciocho.

Hoy la plaza central exhibe la problemática del ruido excesivo, todos los días, incluyendo los sábados y domingos. En un almacén comercial del mero centro, frente al parque, se escucha el ritmo “reguetón”, a todo volumen, permanentemente. A pocos metros de tal almacén siempre hay un grupito, con micrófono y parlantes disponibles, entonando canciones “religiosas”, con pistas musicales de rancheras y corridos mexicanos, muchas veces utilizando a un niño, o preadolescente, como portavoz o cantante. En el extremo noreste, bajo la pequeña concha acústica, algunos grupos intentan, en medio del ruido ensordecedor que generan los otros parlantes y los vagabundos, organizar algunas festividades culturales de variado nivel artístico. De tal suerte que la mayoría de las personas pasan por la plaza “a la carrera”, como huyendo despavoridos de los ruidos anticulturales de todos los días. A casi nadie le interesa quedarse en actitud contemplativa en dicha plaza central. Excepto a los desempleados y semi-empleados que esperan algún “milagro” que caiga de las alturas. O de la punta de la espada desafiante de Francisco Morazán Quesada, bajo los auspicios intelectuales de don José Cecilio del Valle, cuya estatua permanece casi solitaria, en actitud meditativa, en un pequeño parquecito, junto al convento de “San Diego” y la iglesia de “San Francisco”, dos cuadras hacia el este de la plaza central. (¡Pobre José del Valle, casi nadie recuerda que fue el principal artífice-fundador de la República Federal de América Central!).

Estas breves notas derivan de la vieja idea que venimos preconizando desde hace varios decenios, en el sentido de retornar al centro histórico de Tegucigalpa, para que se convierta en algo agradable hasta para los turistas más exigentes de cualquier parte del mundo. Para empezar deberíamos organizar kioscos con libros publicados (viejos y nuevos) por los más respetables editores extranjeros y hondureños, sin impuestos de ninguna especie. A la par de los kioscos deben restablecerse las cafeterías típicas en donde puedan penetrar y sentarse, durante varias horas, los transeúntes y los pensionistas, sin el riesgo de ser asaltados, o insultados, por algún orate deslineado, o de cualquier línea ideológica. En esta iniciativa coincido con un grupo de jóvenes heterogéneos de las generaciones actuales. ¡¡Sea!!

Tegucigalpa, MDC, 24 de abril del año 2016. (Publicado en el diario “La Tribuna” de Tegucigalpa, el domingo primero de mayo del 2016, Pág. Seis).

Fotografía de Daniel Alejandro Sierra


14 Responde a “Ruidos en la Plaza Central”

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