Tegucigalpa se llenó de júbilo al inaugurar la obra más grande dedicada a los deportes en nuestro país, un estadio que llenaba y sobrepasaba las expectativas y sueños de muchos. Fue complemento perfecto del Palacio de los Deportes, ubicado en el sitio donde finalmente existió el Gimnasio Nacional Rubén Callejas Valentine…

Un día que recordamos con esta crónica de nuestro historiador nacional Jorge Alberto Amaya…

“El evento se inauguró con un encuentro de béisbol entre las escuadras de Honduras y la república de Cuba, cuyo marcador quedó 10 carreras contra 3 a favor de la novena cubana.

Luego se llevó a cabo un partido de fútbol entre las oncenas de Honduras y El Salvador, dentro del marco de un torneo pentagonal que incluía a las selecciones nacionales de Honduras, Guatemala, Costa Rica y Panamá, además de los cuscatlecos. El primer gol lo anotó el salvadoreño René “Choco” Cea al arquero hondureño Clive “Tenazas” Garbutt.

Antes de construirse el Estadio Nacional, los deportistas capitalinos jugaban al fútbol y al béisbol en las canchas conocidas como el “Campo España” en las proximidades de San Felipe, donde hoy está el Instituto del Tórax, así como en el “Campo Imperial”, donde hoy se levanta la Nunciatura Apostólica, residencia que construyó el doctor José T. Mendoza en un proyecto habitacional llamado colonia “Altos de Palmira”. También, se jugaban partidos en la cancha de “El Chile”, en “La Isla” y en el Birichiche.

Tegucigalpa era la única capital centroamericana que no contaba con instalaciones deportivas adecuadas porque en El Salvador ya se había levantado el “Estadio Flor Blanca” en el gobierno del dictador Maximiliano Hernández Martínez, en Costa Rica el Estadio Nacional “La Sabana”, mientras en Nicaragua se construyó el parque de béisbol que se bautizó con el nombre de “Anastasio Somoza García” y Guatemala construiría su mítico estadio olímpico “Mateo Flores” para ser escenario de los Juegos Centroamericanos de 1950.

Este impulso que dieron los regímenes dictatoriales que gobernaron los países de la región estaba en consonancia con la ideología fascista de la época de Hitler y Mussolini de promover la “salud física y el deporte” como elementos integradores y de cohesión social, pero también como factores que permitieran ciertos mecanismos de control social, así como de entretenimiento a la población de los sectores populares, con el fin de generar legitimidad y a la vez impulsar valores como la “cultura física”, la competitividad y la regulación de los deportes, las diversiones y el ocio.

Un hecho destacado en la construcción del Estadio Nacional de Tegucigalpa es que esta fue la primera vez en la cual el Estado financiaba la edificación de una obra deportiva de gran envergadura, y a la vez ratificaba al Estado como el gestor, promotor e impulsor de la actividad deportiva en la historia social del país.

En este sentido, las dimensiones y el presupuesto invertido en el marco de esta obra urbanística fue colosal para la época. En Honduras nunca se había construido algo de iguales dimensiones, por ello el gobierno no escatimó esfuerzos monetarios, logísticos y artísticos. Así, se contrató al prominente arquitecto de origen catalán Francisco Prats para diseñar y ejecutar la obra.

De igual manera, los actos de inauguración no tenían precedentes en la historia catracha, de modo que se montó un evento realmente espectacular, del cual existe testimonio fílmico que tenemos en nuestros archivos. El gobierno invitó a diferentes países de la región para participar en los actos inaugurales, que comprendían juegos de béisbol y fútbol.

A las 8:15 de la mañana ingresó a la instalación deportiva la comitiva presidida por el Doctor y General don Tiburcio Carías Andino. Las graderías tenían un aforo inicial de 25 mil espectadores. El acto contó con un desfile de unos 500 atletas de fútbol, béisbol y baloncesto, que inauguraban la semana del deportista hondureño. El comité pro-estadio lo encabezó el señor Esteban Díaz, quien en su discurso relató la importancia de la construcción del estadio. En ese momento por el espacio aéreo hondureño sobrevolaron varios aviones en señal de fiesta.

El acto oficial contó con un momento especial para la bendición del arzobispo de Tegucigalpa, Monseñor José de la Cruz Turcios y Barahona, quien reconoció que “era un templo para el deporte que crea juventud sana y los aleja de los vicios”. Posteriormente el ministro de educación, Ángel Hernández, destacó la “relevancia de inaugurar una obra de esta magnitud” y aseguró que “era el inicio de un deporte hondureño más competitivo”.

Posteriormente, Tiburcio Carías Andino hizo el lanzamiento de honor antes del juego de béisbol entre Honduras y Cuba. La representación catracha tenía un equipo joven en donde destacaban peloteros de la talla de Humberto “Chiquirín” García y el recordado Zacarías Arzú. El equipo nacional jugó uno de sus mejores encuentros contra los cubanos, sin embargo, los caribeños se llevaron la victoria 10-3, siendo el umpire principal el sportman Enrique Misselem.

Pero lo más importante de ese día caluroso de marzo de 1948 fue que acudieron miles de capitalinos a vitorear a los equipos nacionales de peloteros y futbolistas que por fin contaban con una instalación deportiva moderna. Casi 10,000 tegucigalpenses, así como vecinos de los pueblos aledaños se hicieron cita ese día, dando inicio a una pasión que desde entonces enloquece a los catrachos.

La parafernalia de la inauguración también revistió diferentes actos cívico-militares, como desfiles de palillonas y pomponeras, así como acrobacias y una demostración aérea de los aviones de la Fuerza Aérea Hondureña, exactamente al estilo de las ceremonias fascistas que años atrás habían desplegado Benito Mussolini en la inauguración del “Mundial de Fútbol” en 1934 y de Adolfo Hitler en los “Juegos Olímpicos” de Berlín en 1936, vinculando por tanto el deporte con la política, el poder y con expresiones de nacionalismos trasnochados, muy en boga en dichos regímenes totalitarios, utilizando la vieja fórmula romana de “pan y circo”.

Más tarde, en 1955 se llevaría a cabo el campeonato centroamericano y del Caribe; por lo que las autoridades encargadas del Nacional se vieron en la necesidad de ampliar el estadio, y construir unas graderías adicionales de madera en la parte sur. Posteriormente el estadio sirvió como marco para otras actividades futbolísticas regionales, como el “III Norceca de 1967”, el “Pre-mundial juvenil” de 1978, la “Hexagonal mundialista de 1981”, donde Honduras clasificó a su primer mundial mayor, sin olvidar las actividades no relacionadas con el deporte, como las tomas de posesiones presidenciales, conciertos, actos religiosos, etc.

Dentro de la historia social, el Estadio Nacional ha sido por ende el espacio público donde los hondureños han vivido algunos de los momentos colectivos más felices, como la clasificación al mundial de España 82, pero también de tristes y dolorosas derrotas que han generado sentimientos de “luto nacional” por la derrota de la bicolor catracha.

De este modo, el Estadio Nacional de Tegucigalpa ha sido el marco esplendoroso de las grandes hazañas de nuestros deportistas, pero también su engramillado se ha regado con las lágrimas de la derrota. Su historia está escrita en más de medio siglo deportivo, donde descollaron y lo siguen haciendo los grandes jugadores; donde se ha escuchado el griterío y los aplausos de los aficionados, pero sobre todo se han jugado en noventa minutos las ilusiones y las pocas alegrías de un pueblo que vive, sueña y ama por la pasión futbolística. Esta carpeta es un pequeño homenaje a la historia de este espacio público de la “capirucho” de los hondureños.


3 Responde a “Se inaugura el Estadio Nacional Tiburcio Carías Andino”

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